
La biomasa líquida es denominada biocombustible. Hace unos años se había depositado una gran esperanza en el uso de este tipo de combustible, y muchas grandes empresas hicieron inversiones con la esperanza de que el sector creciese. Pero los biocombustibles han presentado una serie de inconvenientes insalvables que hacen inviable su utilización a gran escala. El primero de ellos, es que todos los campos de cultivos del mundo no serían suficientes para cubrir la demanda de combustible líquido que hay ahora en el mundo. El segundo inconveniente es que la mayor parte de estos combustibles son producidos a partir de plantas que también tienen un uso alimentario (maiz, soja...), con lo cual el aumento de la demanda para destinar la materia prima a su consumo en el transporte ha elevado los precios de alimentos básicos en varios países en vías de desarrollo, los más pobres, y han sido precisamente las capas más pobres de la población, que destinan un 50% de su presupuesto a alimentación, las que más han sufrido la carestía. Sólo por este motivo, muchas organizaciones inernacionales de reconocido prestigio, como la FAO, han desaconsejado el uso de biocombustibles para el transporte. Otro inconveniente es que algunas empresas han comenzado a talar árboles para las plantaciones destinadas a los combustibles, especialmente en países de gran riqueza forestal, como Brasil. Como todos sabemos, la deforestación es una de las causas de cambio climático, ya que los bosques almacenan una gran cantidad de CO2. Por todos estos motivos, el uso de biocombustibles ha quedado relegado a un segundo plano, con una segunda generación a base de algas que no acaba de despegar, y un uso secundario basado en el reciclaje de aceite usado.
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